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El
ideal para realizar una actividad terapéutica absoluta es un ambiente tranquilo, para que quien requiere la atención se encuentre seguro, cómodo al
sentir que es un espacio para él, que es esperado en el, y sobre todo que es
ahí donde puede encontrar discreción, tratamiento y orientación profesional en lo que le aqueja.
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Un
buen comienzo de la relación del terapeuta- paciente se da en la empatía que
comienza en el saludo cálido de bienvenida al extenderle la mano con firmeza en
señal de acogimiento, con un gesto cordial expresado en la sonrisa.
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En el
discurso que se genera entre paciente y terapeuta se evidencia generalizaciones
en las que es claro que el paciente identifica criterios a los que les asume el
origen del malestar motivo de su consulta.
Es labor del terapeuta incurrir
más allá en el análisis para deducir la causa real y con el paciente clarificarlo,
conceptualizarlo con el objeto de
reconocer lo que efectivamente estaba dentro de él molestándole e intranquilizándolo.
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A veces
para entender un poco lo que está pasando es bueno dejar que los sucesos se
salgan aparentemente fuera de control. El
terapeuta ha de saber que quiere en el transcurso, así tendrá la interposición
dentro del dominio imperioso que apunta a dar respuesta a lo que realmente
demanda el paciente.
Ser
capaz de hacer esto depende del análisis, de la flexibilidad del terapeuta, de su capacidad
de adaptación a los diferentes pacientes, más que del paciente adaptándose a la
terapia.
En el transcurso de la relación terapéutica es importante la revisión con el paciente de los objetivos, avances y criterios utilizados en cada sesión de ahí puede reorientarse la terapia, y medir la satisfacción del consultante y el éxito mismo de terapeuta en su intervención.


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