La primera reacción cuando algo no va bien es la
tendencia a buscar un culpable, a señalar, a juzgar; cuando en realidad lo
ideal sería examinar el grado de responsabilidad que tenemos en la
situación que nos molesta o incomoda.
Muy fácil resulta
señalar, prejuzgar y juzgar y con ello lograr dispersarse de lo que nos
embrolla.
Lo cierto es que
lo que se vale de artilugios para no reconocer las fallas
propias, para fijar la embestida con la fuerza de las
poderosas palabras o gestos, lenguaje que dolosamente logra encubrir la
responsabilidad solo genera malos entendidos, heridas emocionales
de difícil cicatrización.
Valdría la pena
detenernos en un autoanálisis de las propias acciones e invocar consideraciones más dignas y
razonables.
La tolerancia, la
consideración, el respeto, la mesura para enfrentar con dignidad lo que
queremos eludir enaltece un buen
criterio de quienes en realidad somos.
No hay que auto
engañarse con juicios vanos, no hay necesidad de causar daño, sencillamente es
asumir el grado de responsabilidad en lo
que no desea ser aceptado y expresarlo de manera apropiada
Finalmente las realidades aunque difieran son evidentes.




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