jueves, 1 de mayo de 2014

PROEZA EN EL AMOR Y EL SUFRIMIENTO



Cierto día el amor que andaba por el mundo libremente apreciando la belleza de la vida, quiso conocer por qué la gente sufría y emprendió un largo viaje. Su equipaje lo dispuso, ligero, leve y efímero y confió en su intelecto para poder ir a lo más recóndito del corazón humano. Descendió por escabrosos abismos; le falto voluntad porque pudo detenerse y no lo hiz
o. Siguió sus impulsos y sin tener casi fuerzas se encontró de frente con la más completa oscuridad. Su esfuerzo fue en vano, lo tenebroso le cegó la visión. Sintió perderse en lo inocuo e impalpable, halló sin querer bajas pasiones, buceo el inframundo de sombras, cubierto de grisáceas nubes como antesala de un disturbio atmosférico en el que se precipitaron desastrosas tormentas, arrabales que lo abatían todo a su paso. 
Ante tan descomunal destrucción, escalo con esmero empinadas cumbres, sintió sablazos que cortaban su corpórea humanidad y el ardiente sol le abría laceraciones que no imaginaba. Apenas podía soportar tanto dolor y el inclemente astro no se ocultaba, ni siquiera con el caer de los torrenciales aguaceros que lo apuraban y tortuoso lo sorprendía la noche buscando hallar resguardadero. Con los primeros hilos relucientes de la aurora celestial, emprendía el camino y animoso recordaba su motivación. Aún no tenía respuesta al por qué el corazón humano sufre tanto y muere de dolor y autodestrucción, y en esas cavilaciones se propuso continuar su camino en la búsqueda de respuestas. Llegó al punto más alto del relieve y la fuerza del viento con facilidad demente lo arrojo a los desiertos. Contemplo la desolación, lo aturdió la soledad hasta desgarrársele el alma. 
El dolor le hacía clamar la muerte, pero no supo exactamente donde dolía. Sin hallar explicación a lo que veía, a lo que sentía, vino la desesperación, la fortaleza por instantes se perdía. No había nada en que asirse, todo se diluía. Ya casi sin vida abandonó la levedad y sucumbió al peso de la nostalgia. Imploro la muerte y ésta desgarbada se reía, con cadavérica imagen iba, venia en círculos, bailaba, gritaba y se henchía para preguntarle si tenía la respuesta ante el porqué de su padecimiento. Fue entonces cuando el amor logro aclarar su razonamiento, y tomo conciencia que el sufrimiento fue en vano, que lo propicio el mismo, en su aventura de querer conocer lo más recóndito del corazón de los que sufrían; que todo lo que abatía el sufrimiento era provocado por los instintos de los egos humanos, centrados en conseguir placer sin tener en cuenta el precio que hay que pagar, y también a causa del deseo de poder y superioridad desmedida, la codicia sin límites, sin olvidar la falta de respeto a los demás. Todos estos apegos provenientes de no comprender la verdadera permanencia de lo que se tiene; al aferrarse a cosas, personas, títulos, logros, etc. Olvidando que todo en cualquier momento puede desaparecer.
El amor venció su entelequia y pudo sentir la suavidad del aire que dibujaba con sutileza, matices boreales, y la figura irrisoria e infernal de lo que creía era la muerte despareció en ese instante para conceder sentido a la vida. Entendió que el hombre vive en un universo de causa y efecto, donde las consecuencias de los actos son inevitables y aún y así el sufrimiento es conscientemente permitido por nosotros mismos.
La lección fue aprendida: 

NO HAY IMPUNIDAD DE CONCIENCIAS, NI DE ACTOS CUANDO SE ESTÁ EN MANOS DEL JUEZ IMPLACABLE EN LA LEY DE LA VIDA.

Autora: Emilsen Tovar Losada
Fecha: 30 de Marzo de 2014
Registro: 10-439-140
Derechos Reservados © Copyright
País Colombia

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